"La Raiz Retorcida"
Rvdo.
JULIO ALVARADO F.
COSAS DE MI TINTERO
Nació tierna y blanca, con muchas ansias de ser útil y cumplir a cabalidad con la razón de su existir, que era mantener a esa cosita, que valientemente se abría paso hacia la superficie y que se asomaba curiosa sobre la tierra, para recibir las primeras brisas de un aire fresco, impregnado de aromas que se le antojaba embriagador.
Echó una ansiosa mirada en derredor y lo que logró ver, le llenó de una irresistible ansiedad de conocer más de ese mando nuevo y maravilloso que se ofrecía a su joven visión.
Entonces pidió con premura a su raíz más líquido vital para crecer y de este modo poder observarlo, comprenderlo y ser parte también de ello, de ese todo tan arrobador que ya nunca más podría olvidarlo.
Allá abajo, en los humus de la Madre Tierra, la blanca y tierna raíz recibió el llamado del pequeño tallo que se balanceaba con peligro de quebrarse al impulso de la brisa suave que recorría la superficie de la tierra, semejando a un caballero feudal que examina sus pertenencias.
Comprendió de inmediato la justicia del pedido y, atenta y servicial, hundió un poquito su boquita y succionó de los poros de Madre Tierra, la savia solicitada y la envió por sus venas hacia arriba, en donde su tallito seguía creciendo asombrosamente rápido', como si quisiera ser del mismo tamaño de las otras plantas que había en el predio. ¿O quizá quería alcanzar las estrellas que, muy alto en el firmamento, brillaban majestuosas?
Todo iba maravillosamente bien, y la raíz sentía que una inmensa alegría la invadía cada vez que por su interior sentía correr la savia que fortalecía y hacía grande al otrora pequeñito tallo.
Mas en una ocasión cualquiera en que, hacendosa cumplía su vital labor, se encontró con que una piedra le salió al paso, impidiéndole cumplir su tan sublime tarea. Le rogó que le diera paso, pues no podía detener el fluido elemento que alimentaba a su ya bello arbusto que se erguía majestuoso en el espacio abierto allá encima de la tierra; pero la piedra guardó un helado silencio e insensible a toda súplica no se movió tan siquiera.
La raíz conoció así, las primeras amarguras de su existencia, y sin comprender por qué sucedían estas cosas, se quedó desconcertada e indecisa, sin tener noción de lo que debía hacer.
Desde arriba, con justificada urgencia, su arbolito reclamaba la savia, que era su vida y que cada instante que pasaba, se le hacía mas imprescindible.
Entonces la raíz, con honda pena, hizo una contorsión, retorció su cuerpo y ansiosamente rodeó la piedra e busca de los elementos que componen la savia para enviarlos a su desfalleciente arbolito.
Uno a uno le salieron al paso los escollos; ahora era otra piedra, un pedazo de terreno seco, algún que otro habitante de las oscuras capas de la tierra. Todos pretendían impedir que su obligación fuese cumplida a cabalidad; pero ella, la raíz, en cada ocasión retorcía otra vez su cuerpo, haciéndose deforme, había desarrollado toda una serie de delgadas raicillas semejantes a cabellos, que eran sus ayudantes de gran valor en la prosecución de su incansable trabajo de mantener al que, allá arriba, era admirado y apreciado como un fuerte y útil árbol.
Lleno de verdes hojas, daba albergue a las aves en su capa frondosa.
De sus fragantes flores extraían las abejas lo necesario para fabricar los panales en que se depositaría la miel.
A su sombra fresca se veían a personas y animales recobrar aliento.
¿Qué importaba, entonces, que nadie jamás pensara en ella y que si alguna vez la viesen, su feo aspecto haría que no le diesen importancia y hasta la evitarían, sin comprender que a ella y sólo a ella, se debía la vida, la fortaleza de ese gran árbol, que desafiaba la gravedad de la tierra, la furia del viento, el fragor de las tormentas, la ira del rayo y del trueno?
Por eso desde aquí, del rincón de mi escritorio, vayan loas a todas aquellas manos sarmentosas, que cual raicillas ayudantes de una raíz madre, han hecho posible la existencia, la vida misma con toda su belleza y que, venciendo los escollos del diario batallar, han formado primero un hogar, luego una familia con toda su belleza y atractivo y que, pese a su ya gastado cuerpo, con arrugas que nos hablan de batallas silenciosas; con dolencias y hasta operaciones quirúrgicas que nos dicen de las veces que han tenido que "retorcer" sus ideales, en procura de sostener y hacer crecer a sus jóvenes retoños.
¿Su recompensa? Saber que aún cuando no pueden comprender ni explicar muchas de sus variadas experiencias, pueden ver, en cambio, el resultado de su infatigable labor en bellos e instruidos seres, que harán la vida grata y más llevadera a otros que transitan por la vida, llenos de esperanzas e ilusiones.
RAÍZ RETORCIDA y hasta deforme, tú has hecho posible que existiera aquel árbol con esa admirable profusión de hojas que componen su copa, con esas maravillosas flores de variados colores y aromas, que son el deleite de los ojos y la alegría de la vida.
RAÍZ RETORCIDA e ignorada, ¡cuán admirable eres en tu perseverancia en cumplir tu labor tan vital en la conformación de la vida misma!
¡Si pudieras decirnos de tus triunfos cuando te salieron al paso las dificultades y escollos!
¡Si pudieras contarnos de tus esfuerzos y tesón, en el cumplimiento de la responsabilidad de proveer la savia a la forma visible de tu existencia toda, que embellece el paisaje y, además, ayuda a la purificación del aire que respiramos y, aunque muchas veces el cumplimiento de la labor te ha fatigado, no por eso te has sentido anulada o vencida, sino, por el contrario, con el paso de los años comprendes, cada vez mejor, que eres la gestora de muchas de las alegrías de la vida y que La Madre Natura tiene puesta en ti mucha confianza para continuar, impertérrita, el ciclo de la vida!
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