"Natanael"


Rvdo. JULIO ALVARADO F.     

Juan capítulo 1:45-49

45 Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.
46 Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.
47 Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.
48 Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
49 Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.

Asiento.

En los principios del ministerio de Jesús, El fue extraordinario hermanos, no sólo en conocimiento, crianza, formación, pero en todo fue un extraordinario personaje que llegó a cambiar en todo, el curso de la historia y hacer tantas cosas tremendas. Y allá en la formación de su cuerpo ministerial, de su núcleo eclesiástico, Él no actuó como actúa la mayoría, no los metió en un instituto, en un seminario, no los puso a hacer buena letra, a marcar el paso, sino que en una forma, muy salida de todos los parámetros, de todo el marco acostumbrado.

Empezó a llamarlos de a uno, así se paseó por las costas, quizás besándole las olas o lamer sus pies, por allí encontró a uno... "Vengan los haré pescadores de hombres". Se paseó por el edificio de la renta interna y encontró a otro, y le dijo: "Sígueme", y fue formando su cuerpo eclesiástico, compuesto por doce hombres, algunos de ellos no los llamó Él, a Pedro por ejemplo, lo llevó su hermano mayor , Andrés. Andrés fue el primer discípulo llamado, y dijo: ¡Oye ven, encontramos un hombre que parece el Mesías, Ché, vos que sabes más, ven vé!.

Pero hubo un hombre que no lo trajeron, ni lo llamó el Maestro, vino por curiosidad, y cuando lo vio el Nazareno... ¡Tú eres Natanael! y volviéndose a los que lo escuchaban, ¡He, aquí un verdadero Israelita! -¿De dónde me conoces?, -Cuando te vi debajo de la higuera. Y de ese pasaje bíblico, quiero hablarles en ésta hora, porque Natanael, puede concluir la historia y mi sermón de la noche, diciéndoles: "Cuando te vi debajo de la higuera, Yo te conocí" y decimos ¡Gloria a Dios! y nos vamos.

Pero éste Natanael hermanos, es un hombre que yo amo, y van a saber por qué, ahora.

Tengo admiración por muchos discípulos, pero éste Natanael, en forma especial, a despertado mi amor, amo a éste hombre.

Natanael era un hombre desconfiado, un hombre renuente a todas las amistades, no tenía amigos, sus amigos, si los tenía, eran los libros, los escritos antiguos, había sido un hombre estudioso, no hacía buenas migas con nadie, y la historia de su vida está salpicada de experiencias, que yo he vivido. No se llevaba bien con nadie, no pudo conformar una familia a su placer, a su anhelo, siempre tuvo que lamentar deslices, deslealtades familiares, incomprensiones en el seno hogareño, y así se fue haciendo un hombre de carácter amargado, de aparente sonrisa fácil, pero muy esquiva alegría, él siempre estaba sonriendo cuando hablaba con la gente, pero tenía largas tristezas y muy pocas alegrías, y era impenetrable en sus pensamientos. Aprendió a vivir del silencio y nadie descubría tras su rostro impenetrable, cuales eran sus ideas.

Por supuesto, no era muy amigo de la iglesia, no se llevaba bien con la religión, y cuantas veces, participando en los cultos, salía más molesto que alegre, se iba sólo, a caminar, buscando la soledad, mirando las estrellas, en busca de una respuesta que no llegaba. Tenía en su vida marcada el signo de interrogación ¿Por qué?... Y, nunca recibía respuesta, caminando por allí, pasó el monte de los olivos, hacia afuera, y en el bifurcado camino a Nazaret, encontró una higuera, higuera que después el Nazareno maldijera, y allí a la sombra de aquella higuera, el dio en acostumbrarse a ir y quedarse largas horas, echado de espaldas, quizás mordiendo una paja del monte, en meditaciones que con nadie compartía, en meditaciones que si hubiese podido, las escribiría todas, más no lo hacía; un hombre que había aprendido a bucear los escritos de los profetas, y sabía que algo tenía que suceder, porque indudablemente Dios estaba molesto con la religión y con los religiosos, con las prácticas de la letra muerta, que habían constituido a los creyentes en enemigos de Dios.

Natanael, había ido pasando por la vida, sin satisfacciones, pero con muchas frustraciones, le habían ido inquietando los años, y el caudal de ellos, le habían dejado un gran fardo de tristezas, amarguras, desconfianzas, soledad. Natanael era un hombre que la familia, la miraba y... no se sentía parte de ella, que miraba a los que tenía cerca y... algo por dentro, los hacía masticar, pero no tragarlos.

Natanael, era un hombre desconfiado, era un hombre disconforme, hasta consigo mismo. Natanael, se metía debajo de la higuera, y yo me pregunto: Cuántos días y noches, cuantas largas horas, sólo escuchaba el trinar de los pájaros ocasionales, las brisas del viento pasando por las hojas, y los suspiros de éste hombre, en busca de un "No sé qué", de un "No sé cuando", de un "No sé cómo" que atenazaban su garganta, que ahogaban su alma, que afligían su espíritu.

Natanael, sabía que tenía que llegar algo, y era un inveterado espectador de un "no sé qué"... pero algo tiene que suceder..., algo tiene que pasar..., ahí están los escritos, yo no los entiendo a cabalidad, nunca he sido estudiante teológico, la vida me ha golpeado, en la soledad, sus suspiros se elevaban, y sus ansias se hacían grandes, espesas, su ansiedad lo oprimía, el necesitaba encontrar algo , -Pero, que es lo que tu quieres alma mía?, ¿Qué es lo que necesitas enloquecido corazón?, ¿Qué quieres mente disconforme?, nada puedo cambiar, nada puedo hacer; todo lo espero, todo lo anhelo, desespero en la espera, y en mi anhelo, la angustia, pero no puedo hacer nada.

Y la higuera, quizás era la única confidente a veces, su único palenque en el que golpeaba sus desesperaciones, -Cuántas veces se abrazaba a ella- ¿Por qué no me contestas?, quizás tú, árbol más antiguo que yo, más añoso, en tus requiebros y en tus retorcidas troncas ¡dime! ¿Dónde está la respuesta?.

Natanael iba a morir en la soledad, en el abandono, en el anonimato, pero un día... ¡aleluya!, empezó a ver que en el bifurcado camino, gente iba, hacia un determinado lugar, convergían los más dispares, chicos y grandes, ancianos y jóvenes, enfermos y sanos, todos convergían en un sólo lugar.

Y él, en su indolencia, porque indolente se hace el abatido, indolente se hace el castigado por la fatalidad, indolente se queda el que ha sido golpeado una y otra vez por la deslealtad de la raza humana, se hace ya insensible, y en su insensibilidad, se queda indolente, ve pasar las cosas, las mira de palco, ve cómo se deslizan, cómo se hacen, cómo se actúa, y él las deja pasar, ¡Ya nada me importa!, ¡Ya nada tiene valor para que yo me ocupe de ello!. Dejé pasar la vida, y si quizás queda alguna ilusión es que Dios se acuerde de mí y me lleve a su presencia.

Natanael había visto arrugarse su rostro en ansiedades, había visto poblarse su cabeza de canas, en desesperación, había visto hundirse y agotarse su vista en lágrimas, y se había endurecido su tierna alma, con tantos golpes de... ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?.

Pero la gente, se fue haciendo multitud, la multitud se fue haciendo clamorosa, el clamor comenzó a llegarle a Natanael ¡Gloria a Dios!, y cuando le empezó a llegar el clamor multitudinario de las personas, que convergían hacia un sólo lugar empezó a escuchar que un tal "Jesús" había llegado, con un mensaje que revolucionaba el mundo, precedido por un loco que comía langostas y miel silvestre; que había bautizado a cientos y miles , diciéndoles, que venia el Mesías, y ahora éste Nazareno jovencito, (la multitud decía), que tal vez, pudiera ser el Mesías.

Natanael, cruzados sus brazos tras su nuca, empezó a recordar las veces que habían aparecido "Mesías" en Israel, con mensajes maravillosos, que encendían la esperanza de los que esperaban, pero que había llegado toda la implacable religión y los había destruido.

Pero el dijo: voy a ir mirarlo, escuchar un loco más, oír las palabras de un visionario más, de un fanático, aunque yo se que por éste tiempo, Dios se haría humano... -¡Quién te dice!.

Y sin que nadie lo invitara, sin que nadie lo llamara, lentamente, se arrimó, por allí, mirando a unos y otros, saludando con una inclinación de cabeza aquel, con un gesto al otro, con una palabra de simpatía a la otra..., de repente, sin saber como ¡Aleluya!, estaba frente a frente con el Nazareno, lo separaba solo unos metros, y el Nazareno le clavo su mirada: ¡he ahí!, ¡un verdadero Israelita!. El desconfiado, taimado, no se dejó convencer por la primera embestida del Hombre de Nazaret, no lo convencieron fácilmente, ¡aleluya!.

-¿De dónde me conoces? -Natanael yo te conozco de debajo de la higuera- dónde el había llorado sus tristezas... esa sola expresión transformo su vida por que había sido a la sombra estival de esas tardes de estío, dónde el había lanzado sus suspiros al éter, había dicho: ¡Dios, dónde tú estas!, había sido allí, debajo de la higuera dónde él había vaciado su alma, no se había guardado ningún requiebró para sí, todo se lo había dicho a la soledad aparente, al silencio impertérrito de días, meses, años, y de repente aparece éste Nazareno, que podía ser su hijo, su nieto, y le dice: Yo te vi, allá debajo de la higuera, y el único que podía haberlo visto debajo de la higuera era el Eterno.

Como a ti, Natanael, el único que pudo verte sentado allí, en tu catre donde dormías, apoyada tú espalda en la pared, gastando un cigarrillo, pero tu mente y tu alma desesperada, ¡Si Dios se acordará de mí!, ¡si Dios pudiera hacer un milagro! por que yo estoy disconforme con todo; el único que podía verte metido por allá, en un banco, con la puerta con llave pegada para que nadie te interrumpiera.

¡Que estoy haciendo con mi vida, Señor!, ¡yo sé que soy malo!, ¡mi vida es un desastre!, ¡yo sé que estoy obrando mal!, ¡pero, por qué no me muero!, ¡pero, por qué no regresas Dios!, ¿es que he sido deshechado?, ¿es que no me quedan recursos?, ¿es que tú me has dejado?, ¿es que tú te cansaste de mi vida? si existen otros que andan a los tumbos a veces, ¡Socórreme en está hora!, me desconcierto, en esta hora de desenfreno, en está hora en que todo está torcido, si tú estás por alguna parte y te acuerdas de mí ¡Socórreme en está hora!.

A nadie le había derramado su alma, Natanael si no a si mismo y a su soledad, a su tristeza, a su amargura. ¡He fracasado en todo! ¡en todo me ha ido mal! he causado tristeza y angustias, ¡Yo sé lo malo que estoy haciendo! y temo equivocarme de nuevo, y no tengo esperanza del futuro.

El único que te pudo ver fue el eterno, ¿de dónde me conocés?... cuando estabas debajo de la higuera, cuando suspirabas amarguras, cuando llorabas tristezas, cuando desesperabas soledad, cuando sangraba tu alma por deslealtad ¡Allí yo te vi! estaba cerca tuyo ¡Allí! ¡Allí! yo estaba cerca y yo sabía que tu te perdías Natanael; tu insolencia, no estaban tan hondas, porque, al fin y al cabo, eso te ha llevado a ser un lobo solitario, no es otra cosa que tu alma ansiosa de una verdad que se escapa de tu mano, todas tus angustias, tus tristezas, tus desesperaciones, no eran otra cosa que una rebeldía buena, que te decía: Por qué me ha tocado a mi vivir ésta vida, si yo siempre anhelé lo mejor, siempre me ilusioné con ser otra persona, y ahora estoy identificado, mimetizado con lo peor ¡Dios mío, es injusto lo que me ha pasado! allí fue donde yo te vi, ahí yo estuve, ahí yo estuve contigo.

Esa expresión, transformó a Natanael, cuando estabas debajo de la higuera yo te conocí ¡allí! ¡allí! no lo podía ver nadie si no un loco, que nada se le escapa y que nunca abandona a su predestinado.

Cuando creíste que no podías confiar en nadie, cuando creíste que no podías descansar en nadie, ¡yo estaba allí! y yo te conozco ¡yo te conozco! ¡Sé que eres verdadero! ¡Sé que eres genuino! ¡tu eres predestinado de pura cepa, desde el principio hasta el fin!

Y dije yo, he aprendido ha admirar a los discípulos, he aprendido ha asombrarme con los apóstoles, pero Amé a Natanael, por que el único que yo debo amar es al predestinado, puede ser que admire a los grandes científicos, puede ser que me emocionen los artistas de arte depurado y perfecto, pero Amo a mis predestinados.

¡Levántate!. Metido en tu desesperación, allí yo te conocí, por eso Natanael, tú y yo seremos inseparables.

Para el hombre se acabaron los argumentos, para el hombre se acabaron sus renuncias, cayeron por tierra sus desconfianzas, se acabaron todas las cosas que habían venido siendo una caparazón en su vida, y el predestinado, ¡Tú eres mi Dios!, ¡Tú eres mi Maestro!, ¡ Tú eres el que esperaba mi alma!, ¡Tú eres el que responde a mis preguntas!, ¡Tú eres la quietud de mi desesperación!, tu eres la vida de mi agonía, la compañía de mis desconsuelos, de mis tristezas, tú eres el fin de mis penas, tu eres mi todo.

Natanael te ama el Nazareno, Natanael te ama el Mesías te ama el Dios hecho materia, Natanael, ese Dios hecho materia te dice: En tí no hay engaño ¡ Aleluya! y conociendo lo bueno y lo malo, lo tierno, lo adulto, conociendo tu vida, cual somos, del mismo modo confía en nosotros, por eso mi Padre, mi Dios, mi Maestro ¡caminaremos juntos el resto que nos queda! ¡Tú y yo uno sólo! ¡loado seas!.

Con este espíritu de intimidad, de amigo a amigo, así, tiernamente, como corresponde a dos amigos que se aprecian mutuamente... ¡Oh Cristo mío!.

Despide Dios a éste pueblo, con ésta íntima, perfecta intimidad, que has derramado en el alma sensible del predestinado y brotan de allá, de lo íntimo de nuestro ser, raudales incontenibles torrentes, nuestra intimidad buena, o mala, compartida contigo, nos anonada, pero es excelsa, tus arpegios, así, así en un romance de eternidad, tú me miras único Dios, en tu materia, y yo predestinado aún, tú amor, tu amistad eterno, un incomparable, incomprensible, excelsa melodía, tu amistad para el alma que te necesita, mi Dios, mi Padre, mi Amigo, mi Compañero, ¡Aleluya! el resto que nos queda caminémoslo juntos, tú y yo una misma cosa, consumadamente uno, entonces te loaremos, por que eres bendito de los siglos, pero eres bendito de mis horas de comunión, por mis días de armonía contigo, eres bendito por los pasos que daremos juntos, y por tu maravillosa comprensión ¡Aleluya!.

Me corresponde Señor, en esta hora, lo doloroso de tener que despedir a este pueblo de este lugar Santo, pero muchos insensibles, ansían regresar a sus hogares, los he visto distraídos, los he visto reír, hablar, son insensibles, nada comprenden, me corresponde concluir este culto, y rogarte aún como somos, cuida de nosotros los protejas y los guardes.

Y nosotros que estamos en romance contigo, arrobados por el sentir de intimidad, nos iremos y poemas de gloria brotaran, sonidos ilegibles de nuestros labios, porque te lo dedicamos a ti, en la intimidad del alma amada, en tu Nombre, bendito seas.

Lleva a este pueblo a su hogar, con ésta bendición tuya, y en tu Santo Nombre permítenos retornar a los próximos cultos, siempre amigos, siempre amigos, en amistad, en tu Santo Nombre, Amén.

Para aquellos que hemos vivido estos momentos, momentos íntimos del alma, no para los que han dormido en el culto, los que se han distraído en el culto, los que hemos vivido, digamos una vez más; Cuando en las noches no pueda dormir, y que yo vea las estrellas, pueda oír tu voz.

Dios haga resplandecer su rostro en ustedes y que ponga en ustedes paz.