"Visita del Señor a la Iglesia de La Paz"


Rvdo. JULIO ALVARADO F.            
La Paz, 16 de Diciembre de 1.999

Buenas noches, Dios bendiga a cada vida. Asiento los que puedan.

Mañana a las siete de la mañana, estaremos retornando a Santa Cruz, y yo les espero allí, para la Reunión que comienza el Martes 28, juntos para bendecir allí el Nombre del Señor.

Gracias a todos y cada uno por sus atenciones. ¿Volvamos a la Palabra?.

El mismo texto de anoche; En realidad hermanos, cuando nosotros hablamos de las escrituras, nunca terminamos de recibir todo lo que ellas son. Usted sabe yo desde niño he aprendido las escrituras, y las puedo recitar de memoria, pero Dios cada vez me sorprende, la profundidad de la Palabra, nos lleva, o me lleva a decir como Pablo: ¿Quién puede medir la anchura, la longura, la profundidad de tu Sabiduría?.

Pensando en ello, por alguna de esas circunstancias, conocidas un poco a través de la Biblia.

Moisés y José, los dos textos, se vieron sacados violentamente del seno de su familia, del entorno de las personas que amaba y le amaban, echados a un lugar desconocido, donde gentes que les eran indiferentes, tal vez el idioma distinto, las costumbres, las formas de vida, la manera de mirar las cosas, todo diferente.

Cuantas veces en ese destierro, del inquieto Moisés, el hombre llamado a ser un Gran hombre de Dios, el piadoso José, que había vivido siempre, apegado a las enseñanzas de la Palabra.

Cuantas veces caminarían cabizbajo, pareciera que un mundo de pesares les oprimian, sin amigos, sin hermanos, sin quien les comprendiera, extraños, en tierra extranjera.

Solos, despreciados, perseguidos, calumniados por sus propios amigos, huyendo de una sentencia de muerte, cuantas veces clamarían a Dios, reclamando la injusticia de una vida tan terrible, a dónde volverse, con quién hablar, ¡Solos!, no podían contar con amigos, una vida triste.

¿Y las noches?, miraban las estrellas, y cual ha hecho la mayoría de ustedes, clavando los ojos en ese infinito, que en la distancia se espesa la oscuridad, del profundo del alma, sale un clamor: Oh Dios, ¿Dónde tu estás?, ¿Cuánto más durará mi tristeza?, ¿Cuánto más durará esta vida que llevo?, ¿Por qué no te acuerdas de mi?.

Pasan los años, el devenir de la vida, pero ese dolor desgarrante no pasa, la herida permanece abierta, allá en su tierra, de vez en nunca, alguien pensará ¿Qué será de éstos?, ¿Qué suerte les correrá?. Pero superficial, por encima, nadie puede sentir el dolor de la soledad, del abandono injusto, en una tierra desconocida.

Porque es verdad, muchas veces la soledad oprime el pecho, embota el entendimiento, nubla la fe.

Dios está silente, pareciera que se olvidó, ¡Total es simplemente un hombre!, uno más, en medio de los millones que habitan la tierra. ¿Por qué tiene que acordarse Dios de El?.

Pero un día cualquiera, caminando y cavilando en sus pensamientos, de repente la voz del Eterno viene a El, y lo llama por su nombre ¡Aleluya!.

Entonces, el hombre se da cuenta: ¡Nunca había estado abandonado!, ¡Dios nunca lo había dejado!, y de repente descubrió con la sorpresa del alma: ¡Dios ha estado siempre pendiente de mi!, ¡No importa donde esté!, ¡No importa donde haya ido!, ¡Ahí estaba El, cuidando de su hijo!, ¡Aleluya!.

Se dio cuenta el hombre de Dios, que sus tristezas, sus lagrimas de soledad, sus suspiros de angustia, su clamor solitario, ¡Siempre habían estado ante la presencia de Dios!, porque ¡Nunca, nunca, nunca, abandonará al que El eligió!.

Y yo imagino que a El le pasó lo mismo que a muchos de ustedes, cuando El lo llamó, miró para arriba: ¡Padre!, ¡No me abandonaste!.

¡Si!, esas manos alzadas, esas lagrimas rodando, hablan de la misma experiencia de aquEl: ¡No te dejaré!, ¡No te desampararé!, ¡Aleluya!.

Que reconfortante fue para el hombre: El Dios que me llamó ¡No se olvidó de mi!, ¡Nunca me olvidó!, ¡Nunca me olvidó!.

Y yo imagino al hombre de Dios, alzando sus brazos: ¡No me olvidaste!, ¡No me olvidaste!, ¡No me olvidó!.

¡Oh Dios!, he estado entre gente que no te ama, he estado entre pueblos que no te conocen, he estado entre dioses desconocidos, yo pensé que tu ya me habías abandonado, y yo lo imagino a El, bajar su rostro, con su bondad infinita, mirarlo a los ojos: Tontito, ¿Puede el Padre olvidar a su hijo?, querido muchacho, ¡Yo siempre pensé lo mejor para ti!, ¡Aleluya!.

Querido mío, ya es hora que regreses al lugar correcto, querido muchacho ya es hora de que regreses a los que te aman, te tengo una sorpresa, ¡Ellos esperan por ti!.

¿Y todos los errores cometidos?, ¡Regresa!, ¡Regresa!, ¡Sólo has eso!, ¡Regresa!, todos los problemas, todas las cosas ¡Se terminaron!.

Y déjeme decírselo: ¡Mi hijo eres tu!.

La otra cosa, por la que El alzó sus brazos alabando a Dios: Hijitos, lo que yo dije que tu hicieras, tu llamado, tu Ministerio, tu Unción, las Ordenes que te di, ¡Están esperando por ti!, ¡No he permitido a nadie que eche mano a lo que es tuyo!, ¡Está reservado para ti!. Por que ¿Sabes?, ¡Dios no quita lo que da!, es Eterno, como El mismo es Eterno.

Lo que te ha dado es para siempre tuyo,…

(Se derrama la gloria de Dios, se interrumpe el culto).

Puedo pensar, en qué terrible fue, cuando se alejó de los que amaba, a la soledad, al abandono, desechado, y puedo pensar en ¡Que feliz el retorno!, ¡Vuelvo!, ¡El me llamó!, ¡El me dijo que regrese!, ¡Que felicidad!, ¡Vuelvo a la Comunión!, ¡Vuelvo a la Unción!, ¡Vuelvo a mi Llamado!, ¡Vuelvo a lo mío!, ¡Gracias!.

Le digo la última frase: De mis brazos te escapaste, ¡Vuelve a mis brazos!.

(Se derrama la gloria de Dios, se interrumpe y termina el culto).